¡Hola tiktakers! Estamos muy emocionados porque ya ha empezado
el #Inktober. Ya sabéis, ese reto que consiste en hacer
un dibujo distinto cada día durante el mes de octubre. Tik y Tak han empezado con muchas ganas, y
quieren que vosotros también participéis a través de un concurso. Tenéis que hacer volar vuestra imaginación,
y etiquetarnos en vuestros dibujos de temática Halloween en Instagram con el hashtag #tiktaktober. ¡Pero daos prisa!, tenéis hasta el próximo
lunes 14 para demostrarnos que amáis esta época tanto como nosotros. Haremos una reinterpretación propia de los
dibujos ganadores, y además os premiaremos con una copia digital del resultado. ¡Estad muy atentos a nuestras redes sociales! Y ahora, a disfrutar de un nuevo #Miércoles
de Terror, esta vez con el creepypasta de Freddy Butcher. Cuando Fredward Neil Thompson nació, sus
padres eran demasiado pobres para mantenerlo, así que lo abandonaron en un hogar de acogida. Pero pronto fue adoptado por una nueva familia,
los Parrish, una pareja con una hija de 9 años. El padre trabajaba como carnicero, y la pequeña
Sarah también aportaba algo de dinero como costurera. La madre sin embargo era una adicta a las
pastillas y al alcohol, que sufría ataques de ira en los que llegaba a amenazar a los
suyos con un cuchillo. Al llegar a la familia, el pequeño se convirtió
en el nuevo blanco de sus iras. Lo golpeaba cada vez que derramaba el té
o se despertaba tarde. Cada vez que lloraba o levantaba la voz. Su padre, temeroso de su mujer, no hacía
nada por defenderlo. Por si fuera poco, pronto tuvo que echar una
mano en el negocio familiar. En seguida se dio cuenta de que la carne cruda
le resultaba repulsiva. El olor, el tacto de la sangre y las vísceras…
no podía soportarlo. Pero cada vez que escapaba de la carnicería,
su madre lo golpeaba y reprendía por su debilidad. La única que se acercaba a consolarle era
su hermanastra Sarah. Se preocupaba tanto por él, y era tan inteligente
y bella, que Freddy comenzó a sentir algo más. Se enamoró de ella, aunque nunca se atrevió
a confesarlo. Por otra parte, su madre empezó a ausentarse
de casa, pasaba días enteros fuera. Y cuando volvía se encerraba en su dormitorio,
sin parar de murmurar algo sobre una “deuda” y la “compensación” que había que pagar. Pero nunca dijo nada a su familia. Un día Freddy volvió a casa y la encontró
vacía. Vio luz en la carnicería, así que fue allí,
temeroso. Al entrar se quedó helado al ver a un hombre
grande con una máscara, cuchillos en las manos y el cuerpo ensangrentado. “Ah, tú debes de ser el hijo de esa mujerzuela. ¡Ven conmigo!” Lo cogió de un brazo y lo arrastró hasta
el almacén de la carne, el sitio que más temía. Lo puso frente a una olla humeante, llena
de un líquido rojo y espeso. “Si quieres salir de aquí con vida, tendrás
que comértelo”. Agarró su cabeza y la sumergió en el líquido. El olor le resultaba repulsivo, pero de alguna
manera el sabor comenzó a gustarle. Empezó a comer sin parar, a pesar de que
le dolía el estómago y se sentía pesado. De repente unos dedos y ojos emergieron flotando
del lodo rojo. “Vaya, odias tanto a tu familia que has
tenido que comértela, ¿eh?”. Miró a su alrededor y vio las salpicaduras
de sangre por todas las paredes. Los habían matado allí mismo. “Tu madre tenía una deuda con nosotros…
¡Y os puso a vosotros como pago!”. Freddy comenzó a gritar y gimotear, y se
desplomó en el suelo. El hombre lo abandonó allí, mientras se
golpeaba la cabeza contra la pared, como queriendo despertar de una pesadilla. Finalmente acabó perdiendo la consciencia,
agotado. Despertó días después en una clínica. Nadie le explicó nada acerca de lo que había
pasado, y él fue poco a poco enterrándolo en su memoria. Cuando estuvo recuperado, una nueva familia
llegó para llevárselo y darle un nuevo hogar. Eran una entrañable y cariñosa pareja, que
se preocuparon en darle todo lo que necesitaba, sobretodo mucho afecto. Era una novedad para Freddy, por fin se sentía
aceptado. Pasó el tiempo pero nunca fue capaz de olvidar
aquella sensación, cuando comió carne humana por primera vez. La de los animales no le saciaba, y empezó
a hacer pequeñas escapadas homicidas en busca de víctimas, casi siempre niños indefensos. Tenía miedo de romper su nuevo equilibrio
familiar, pero el hambre en su interior era más poderosa que su voluntad. Un día su padre volvió a casa y se encontró
a su esposa yaciendo en el suelo, con las extremidades medio devoradas, las entrañas
por fuera y casi sin cara. A su lado estaba Freddy, arrodillado, con
la ropa cubierta de sangre. Se levantó y abrazó a su padre. “Te quiero, Papá”. El hombre le susurró: “Tú no eres mi hijo. Hicimos bien en abandonarte la primera vez. Y nunca debimos volver a por tí”. Freddy se quedó impactado. Aquellos que le habían acogido con cariño,
a los que había atacado, eran en realidad sus padres biológicos. “No te preocupes, Papá. Te sigo queriendo”. Dicho esto, mordió su cuello lentamente,
dejando brotar la sangre. Su padre no se resistió y Freddy terminó
la tarea de comerse su cuello, su vientre y su cara. Al acabar, sintió un profundo arrepentimiento. Todos a los que había querido en su vida,
su hermanastra Sarah, sus padres biológicos… ya no estaban. Se los había comido, como si quisiese llevarlos
dentro para siempre. Una náusea brotó de lo más profundo y comenzó
a expulsar algunos restos. Se sentía solo y desesperado. Comenzó a vagar por las calles, y sin darse
cuenta volvió a la clínica donde había estado ingresado. Quizá ese era su lugar, encerrado en una
habitación, apartado del resto. Pasó por la zona de maternidad y se fijó
en una mujer de entre todas. Sus ojos le resultaban familiares. Cuando se acercó, ella lo reconoció y lo
llamó por su nombre. No había duda, era su hermanastra Sarah. Aquella que tanto le había apoyado, de la
que había estado tan enamorado. Por fin había recuperado a alguien que le
importaba, alguien con quién compartir su vida. Pero cuando bajó la mirada y vio su vientre
curvado, le invadió una mezcla de sentimientos. Ira, tristeza, desesperación… La mujer
a la que amaba estaba esperando un hijo de otra persona. Freddy la abrazó y comenzó a besarla compulsivamente. “¡Te amo, Sarah!”. Ella trató de zafarse, pero era imposible. “Te amo y te llevaré conmigo por siempre”. De repente los besos se transformaron en mordiscos
voraces, y Freddy empezó a devorar sus labios y sus mejillas. Ella trató de gritar, pero su voz pronto
se ahogó, y se desplomó en el suelo. La gente alrededor entró en pánico, pero
nadie se atrevía a acercarse. Freddy continuó devorando el cuerpo y las
vísceras de Sarah. De repente escuchó un llanto infantil, y
sostuvo a la recién nacida en sus brazos, empapada en sangre. “No te preocupes, Sarah y yo cuidaremos
de tí. Todos nosotros, Sarah, mis padres… Todos
están en mí”. Freddy miró a la gente desconcertada a su
alrededor. “¡No estoy loco, sólo tengo hambre!”.